Archivo de la categoría: Crónicas

Crónicas periodísticas

Apuntes para cronicar

Según Carlos Marín en su Manual de periodismo, la crónica es el “relato pormenorizado, secuencial y oportuno de los acontecimientos de interés colectivo”.

Tras la escueta definición vale la pena el análisis detallado del género.

Julio Villanueva Chang, editor de la revista Etiqueta Negra, refiere que “la crónica sobrevive en el universo raudo y pedestre del comunicado oficial y la entrevista de banqueta”, con lo que nos remite a un trabajo especializado.

http://www.letraslibres.com/revista/convivio/apuntes-sobre-el-oficio-de-cronista

“Una crónica lograda es literatura bajo presión”, dice Juan Villoro, y con ello le imprime un halo de misticismo a su escritura.

Ante tanto por decir, vale la pena revisar algunas crónicas en un número especializado de la revista Letras Libres.

http://www.letraslibres.com/hemeroteca/edicion-espana/especial-de-verano-9-cronicas-9

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Noche garrafal en la Plaza México

Por Miguel Pascual López Valle @osterlichen / UVM Coyoacán.

Noche taurina, afición entregada, asientos agotados.

Este miércoles 5 de Febrero fue el 68 Aniversario de la monumental Plaza de Toros México. El festejo contó con un cartel comprometedor, sin embargo, el espectáculo fue garrafal.

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Pablo Hermoso de Mendoza, una leyenda del rejoneo y considerado el número uno en su materia en la fiesta brava; Joselito Adame, gran promesa, con apenas 25 años de vida ha cortando ocho orejas en la temporada grande 2013-2014; Octavio García “El Payo, con la misma edad que Adame muestra experiencia y mucha presencia, la expectativa era de una gran noche.

Sin embargo, la ganadería de Fernando de la Mora presentó un encierro de toros berrendos aparejados, con unos 506 kilos en promedio, que resultó de ejemplares mansos y sin bravura. Siempre se ha sabido que los “toros no tienen palabra de honor”, pero en una corrida de aniversario se lamenta más.

A pesar del bello clima y de que las monteras quedaron con los machos a la arena no se tuvo un buen festejo.

Un toro fue rechazado por el público, pues desde las gradas lanzaron almohadillas para demandar el cambio de toro.

La noche se tornó desalentadora pues la combinación de malos toros y un público primordialmente villamelón tornó un humor impertinente.

Gritos que precedieron el lanzar las almohadillas antes del mate al último toro, donde los villamelones no advierten la posibilidad de un accidente a causa de un resbalón por alguno de los objetos arrojados.

Al final, la lección será para los ganaderos, quienes, si quieren dar una solución, deberán tomar nota para que no se repita esta burla en futuras corridas.
Una gran fecha, un aniversario más en la Plaza de Toros más grande en el mundo, pero una noche garrafal.

Borrachera salvadora; un suicidio frustrado

Por Sandra Rodríguez @Jasbeck91 / 
UVM-Coyoacán. @UVMcoyoacan
 
Borrachera
Depresión y alcohol son una mala combinación.

 Había salido el sol, luego de una larga y triste noche para Sergio, quien un día antes había discutido severamente con sus padres, por lo que había llorado durante la madrugada como nunca antes lo había hecho.

Era viernes, cuando pasaban las tres de la tarde, aún se encontraba en la universidad, aunque de cuerpo presente pero mente ausente; no soportó un minuto más dentro del salón de clases y decidió simplemente salirse. Para él ya era hora de llegar a casa, pues estaba harto de todo.

Abandonó el edificio y se dirigió a tomar un microbús con destino al rumbo de Iztapalapa, delegación al oriente del Distrito Federal. Sergio contaba con sólo 15 pesos en el bolsillo derecho de su pantalón ajustado color negro. El trayecto fue el acostumbrado: con bastante tráfico y con un calor insoportable.
Durante el trayecto, sintió un fuerte dolor en el estómago, pues no había comido nada desde las cuatro de la mañana.

Al llegar a la estación del Metro Ermita, descendió del transporte público, se apresuró a comprar su boleto y pasar los torniquetes. Transcurrieron los minutos y las estaciones hasta que por fin llegó a la parada de Atlalilco, salió del Metro y caminó.

Minutos más tarde, bajó de la Combi Volkswagen color blanco y caminó cuesta abajo sobre la calle de su domicilio hasta llegar al portón negro de su casa; sacó las llaves de su mochila gris, un tanto por la mugre y otro tanto porque de por sí ya era gris.

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Desesperación y conflictos detonan un suicidio.

Sergio abrió el zaguán y azotó la puerta, lo que asustó a su madre, Concepción, una mujer de 40 años, quien ya se preparaba para salir a trabajar en el turno nocturno de un restaurante en la colonia Constitución.

Al entrar, Sergio percibió un fuerte aroma a cigarro, lo primero que pensó fue que su madre se había fumado una cajetilla entera de cigarros Camel. No le dio más importancia, sin saludar, subió las escaleras y se encerró en su habitación.
Su madre le gritó varias veces, pero Sergio no contestó. Ante la falta de respuesta, Concepción decidió salir a trabajar. “No tengo tiempo para uno más de sus caprichitos”, pensó en ese momento.

Una hora más tarde Sergio despertó al sentir que su almohada color azul marino estaba húmeda, pues había llorado profunda e intensamente; se encontraba deprimido, pensó que le sobraban razones para quitarse la vida.
Se levantó rápidamente de la cama y comenzó a escribir una carta a su madre. Comenzó por escribir los errores que pensaba había tenido como hijo, describió las faltas de respeto, los problemas familiares y las peleas escolares. Sergio era víctima de la violencia en la escuela y del menosprecio por parte de sus compañeros de clase.

La carta, testimonio de su depresión y pensamientos, fue analizada después por un doctor, quien apenas pudo descifrar el significado de dichos garabatos abandonados en el buró cerca de su cama, lugar terriblemente desordenado.

Al terminar de escribir, Sergio aventó la pluma y subió hasta la azotea de su casa; había decidido a aventarse desde ahí, pero necesitaba algo.
Bajó estrepitosamente las escaleras hasta la sala de estar, dio unos cuantos pasos y sacó de una pequeña cantina dos botellas de tequila: una era Casco Viejo y otra Cabrito Reposado. Bebió directo de la botella y comenzó a perder el sentido.

Después de acabarse la primera botella de tequila, Sergio perdió la orientación. Varias veces resbaló, golpeándose en rodillas, brazos y cabeza.
Llamó a algunos de sus amigos por el celular, les habló de un pozo sin fondo por el que se veía caer, les lloró, les gritó y dijo una sarta de malas palabras.

Luego de un rato de echar maldiciones, de caerse varias veces y de arrojar su celular, subió por las escaleras, abrió la puerta como pudo, estaba decidido a lanzarse desde la azotea, antes de salir al techo un fuerte viento y los efectos del tequila lo derribaron, provocando que rodara por las escaleras; ahí quedó inconsciente por varias horas.

El teléfono de la casa sonó incontables veces y el celular de Sergio registró varias llamadas perdidas. Afortunadamente, uno de sus amigos llamó a su padre, quien se encontraba en el trabajo. Le informó brevemente lo que le ocurría a Sergio. Al enterarse de la situación, el señor Germán se comunicó inmediatamente con su esposa, le indicó que pidiera permiso en su trabajo y se dirigiera a su casa para averiguar cómo se encontraba su hijo.

Concepción llegó presurosa y agobiada a su casa, abrió la puerta y subió al cuarto de su hijo, al llegar a las escaleras lo encontró en el primer descanso. “Estaba inconsciente y con los ojos en blanco, no reaccionaba a mi voz. En esos momentos me quería morir”, relató después.
Rápidamente, Concepción llamó a un doctor. “De lo nerviosa y asustada que estaba, no le sentía ni el pulso”, afirmó la señora.

Desesperada, Concepción pidió ayuda a algunos vecinos y amigos y a un familiar que es médico general. Al llegar, el doctor miró asombrado a Sergio, le tomó sus signos vitales, su nivel de glucosa, sus reflejos y revisó los golpes que tenía (que eran varios); notó varios moretones en las piernas y en la espalda y una gran contusión en la frente.


Suicidio

Con la ayuda de un amigo de la familia y dos vecinos, recostaron a Sergio en su cama y lo cambiaron de ropa, pues había vomitado varias veces sobre la playera y la sudadera que vestía ese día.

Sergio estuvo inconsciente varias horas. Don Germán y Concepción lloraron preocupados mientras su hijo se recuperaba, creían que no despertaría; lo hizo hasta que el reloj marcó las tres de la madrugada. Su mundo daba vueltas, dijo que parecía que la cabeza la iba a estallar; el cuerpo le dolía y se sentía pesado al mover brazos y piernas. Se sentía triste y arrepentido por lo sucedido. Una cosa lo alegró, sonrió al ver a sus papás sentados con él a un costado de la cama.

Al estar juntos hablaron sobre poner todos de su parte para la recuperación de Sergio, tanto física como emocional.

Pasó la borrachera provocada por dos botellas de tequila, una borrachera que lo tumbó en las escaleras de su casa impidiéndole llegar a la azotea.
Los tres hablaron, reflexionaron y volvieron a llorar.

Poco después del amanecer, Concepción preparó un caldo de pollo con verduras. Don Germán fue a ver cómo seguía su hijo; aunque mareado y adolorido, Sergio bajó apoyado del brazo de su padre para tomar un poco de suero que él le había preparado y para dar unas cuantas cucharadas al caldo que su madre con mucho cariño y esmero le cocinó.

Ya en la tarde del sábado, Sergio les comunicó a sus padres que decidió recibir, en las próximas semanas, terapias que un compañero de trabajo de sus padres le estará brindando.

Rodada nocturna y cena en la Ciudad de México

En una de las ciudades donde el caos urbano, la falta de cultura vial y el poco respeto a los peatones y cilistas predominan, algunos ciudadanos se organizan para impulsar el uso de la bicicleta y, de paso, conocer y viajar por la ciudad.

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Formación en grupo, luces y cascos; elementos que brindan protección al grupo.
Fotos: Octavio Ortega.

Jueves por la noche, un grupo de ciclistas convocados por Facebook responde al llamado “Cene de noche, cene seguro con Biclalpan”.

Cerca de las 22:00 horas circulan sobre Avenida División del Norte, por la colonia Del Valle; tienen por destino una pizzería en la colonia Roma.

La formación de aproximadamente 20 ciclistas ocupa el carril de baja velocidad, el conjunto les brinda seguridad frente a los automovilistas.

“A veces nos respetan, a veces no”, responden ante la pregunta de si los automovilistas les avientan el coche; “pero al ver la bola como que se hacen a un lado”, agrega uno de ellos.

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Diversión y lluvia, tuvieron los ciclistas de Biclalpan este jueves por la noche.

Biclalpan es el nombre de esta organización. Cuentan con 161 “Me gusta” en Facebook, sitio en donde explican y difunden su agenda, y también manifiestan el compromiso de cuidarse entre sí.

“Este grupo rueda de LEY 2 veces a la semana: jueves 20:00 y sábados 8:30. Teniendo como punto de reunión el Centro de Tlalpan. Los destinos son diversos y de longitudes variadas, no tenemos los dichosos ‘niveles’, pues todos rodamos juntos y llegamos juntos pase lo que pase”, refieren.

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Biclalpan se promueve en Facebook con su nombre y Twitter con @Biclalpan.

Este jueves 1 de agosto realizaron un viaje nocturno desde el centro de la delegación Tlalpan, al sur de la ciudad, hacia la colonia Roma, en la zona centro.

“Súbase a este viaje del carbohidrato y quémelo el mismo día. Para este evento será indispensable un bigote estilo Mario Bros acompañado de un acento italiano”, detalla la invitación del evento de este jueves en internet.

Tras la cena y al terminar la rodada, los integrantes se comunican vía redes sociales, hacen pase de lista,  para reportar que regresaron a sus domicilios.

Este grupo es abierto e invita a participar a otras personas que tengan por interés el fomentar el uso de la bicicleta en la ciudad. Según su perfil en Twitter, el “objetivo es reafirmar la bicicleta como un modo más de transporte. Cualquiera con interés de rodar por Tlalpan y otros lugares de la ciudad puede participar”, señala.

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La formación en grupo les brinda seguridad frente a los automovilistas.

Por: Octavio Ortega/ Administrador del Blog.

Película de terror en cámara lenta

Por René Martínez Molotla/ FCPyS, UNAM. @Ren_Mtz 

   La noticia.

MÉXICO DF, 20 de septiembre, 1985. “Terremoto de 8.1 grados Richter sacude al Distrito Federal“. Miles de titulares similares alrededor del mundo difunden una noticia sin precedentes, una catástrofe en la Ciudad de México. Una película de terror en cámara lenta.

Sismo 1985

Hace casi 28 años. Edificios colapsados
tras terremoto de 1985. Foto: archivo Notimex.

    El día a día.

Eran las 6:00 horas, la señora Carmen estaba a punto de levantarse para ir a trabajar como cualquier día. Su hijo Jesús, de 20 años, salió hacia la Universidad de prisa, pues tenía examen a las 7:00 horas; vivían cerca de Tlatelolco, en una unidad habitacional de edificios, y la escuela estaba a más de una hora en transporte por el terrible tránsito de la Ciudad. Miguel, de 8 años, otro de los hijos de Carmen, seguía dormido pues había estado enfermo el día anterior y no asistiría a la escuela. Carmen se levantó para preparar el desayuno.

6:25 horas. Carmen no estaba lista para llegar a tiempo a su trabajo, llegaría tarde por tercera vez consecutiva. Miguel despertó con un grito de dolor por la enfermedad, le pidió a su madre que se quedara con él; ella, al ver la condición de su hijo, habló a su trabajo para decir que no podría asistir.

Carmen decidió que tenía que llevar con un médico a Miguel, pues sus dolores no era normales y las pastillas recomendadas por algunas vecinas no funcionaron. El niño se bañó mientras su mamá arreglaba un poco la casa y veía a dónde lo iba a llevar, pues no contaban con suficientes recursos como para llevarlo con un médico particular.

7:08 horas. Jesús llamó a Carmen para avisarle que no había llegado a su examen y prefería regresar a casa, pues ya no tenía otra cosa que hacer, ella le informó que no iría a trabajar y que se preparaba para llevar a su hermano al médico; le pidió que la acompañara, le dijo que iría con una de sus vecinas, Aurora, para pedirle un poco de dinero prestado para la consulta.

Aurora era una mujer joven, de unos 25 o 26 años, soltera, vivía con su madre, una señora de edad que no podía caminar y usaba una silla de ruedas. Ese día, Aurora se levantó muy temprano, a las 6:36 horas, cosa que nunca hacía, pues trabajaba por las tardes, pero esa mañana tenía mucha ropa por lavar.

Pasaron las 7:00 horas, la corriente de agua que abastecía el lugar falló, Aurora bajó a ver qué había pasado; vivía en el tercer piso al lado del departamento de la familia de Carmen. El portero del edificio le dijo que ya habían reportado la falla en el suministro de agua a la delegación y que esperaban que se restableciera por eso de las ocho o nueve de la mañana. Ella, molesta, salió hacia el edificio que estaba enfrente, una oficina de gobierno donde trabajaban los administradores de la subdelegación, pensó en buscar a uno de sus amigos para que le ayudara con ese problema.

El portero, de nombre Raúl, un hombre de entre 40 a 45 años, vivía en el primer departamento del edificio con su esposa Ofelia, quien también tenía entre 40 o 41 años, no más. Esa mañana decidieron salir a caminar, pues los dos eran diabéticos y el doctor les recomendó que diario, por las mañanas, salieran a caminar mínimo media hora. A las 6:34 horas los porteros salieron abrigados, como todos los días lo hacían.

Raúl sintió, a los 10 minutos de estar caminando, que necesitaba descansar, decidió regresar a su apartamento y dejó que su esposa terminará el recorrido. Nunca le había pasado eso, sólo ese día sintió ese malestar. Ofelia siguió caminando, pero se encontró a una de sus amigas y se quedó platicando en la calle. Siendo las 7:02 horas Raúl entró a su domicilio, llamó a la delegación para notificarles del incidente con el agua del edificio. Salió y encontró a Aurora muy molesta.

Miguel, el hijo menor de Carmen, permaneció en su departamento pues su madre salió en busca de Aurora, pero no la encontraría pues estaba arreglando el problema del agua. Raúl, después de ver salir a su vecina Aurora molesta porque no había agua, decidió recostarse en un sillón que tenía en su pequeña sala.

Aurora regresó al edificio más enojada, pues su amigo no estaba y nadie la pudo ayudar a resolver el problema del agua, tenía mucha ropa que lavar y por la tarde tenía que salir a trabajar.

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Miles perdieron a sus familias atrapadas entre los escombros.
Foto: archivo Notimex.

   El sismo que cambió todo.

Hasta las 7:19 horas, todo había transcurrido en la normalidad de cualquier otro día. Carmen bajó por las escaleras mientras era observada por su hijo Miguel desde la ventana, iba a mitad de la escalera cuando sintió que se movía el edificio. Un movimiento, un sismo muy fuerte la sacudía mientras se sostenía del barandal de la escalera. Comenzó a gritar: “¡Miguel! ¡Ayuda! ¡Sal rápido de la casa!”, pero Miguel estaba encerrado con llave. Fue tanto el movimiento que Carmen cayó por la escalera y se golpeó la cabeza contra un muro. El sismo duró casi dos minutos. Las paredes del domicilio de Carmen y su familia comenzaron a cuartearse hasta que se desplomaron, era como si una bomba hubiera caído encima.

Aurora, quien apenas había entrando al edificio, sintió el terrible movimiento en la entrada; corrió hacia las escaleras pues su mamá estaba encerrada en su apartamento y la silla de ruedas estaba lejos de su cama. Gritó con desesperación, “¡Mamá! ¡Mamá! ¡Espérame! ¡Ya voy por ti!”. La señora estaba dormida en su recámara.

Raúl, el portero, estaba recostado sobre el sillón cuando escuchó la alarma de sismo; se levantó de prisa y salió a la calle para ver qué pasaba; minutos después pudo ver que su esposa Ofelia murió al desplomarse un edificio cercano al suyo, pues éste empujó un árbol que cayó directamente sobre la cabeza de su esposa.

Jesús, el hijo de Carmen, viajaba en transporte público mientras ocurrió el sismo. Él sólo miro por la ventana cómo todo el mundo se volvía loco. Pensó en su madre y en su hermano, pero no tenía forma de comunicarse con ellos. La zona en la que él estaba no resultó afectada, simplemente se sentía el movimiento pero no pasó a mayores, contrario a la zona donde él vivía, que era una pesadilla: al llegar, todos gritaban, lloraban, corrían en busca de familiares. Pudo apreciar edificios que habían caído sobre las calles; heridos por todos lados, niños desesperados buscando a sus padres, una trágica pesadilla.

El cuarto y tercer piso del edificio de Jesús, donde se encontraban su madre y su hermano, además de la mamá de Aurora se derrumbaron. En total, seis personas que estaban en esos pisos murieron al quedar sepultadas bajo los inmensos bloques de concreto que cayeron sobre ellos.

Aurora quedó en la calle llorando. Se encontró a Raúl, le dijo que no sabía qué hacer, estaba desesperada y no encontraba a su madre. Una replica del sismo terminó por destruir totalmente el edificio.

Jesús se quedó sin su madre y sin su hermano, trabajó en los días posteriores como voluntario para ayudar a las personas que estaban sepultadas con vida. Aurora decidió irse a vivir a un lugar que no fuera riesgoso en los sismos. Raúl se fue de la Ciudad para emprender una nueva vida.

Ese día, ese sismo, marcó las vidas de Jesús, Aurora y Raúl, así como  las de muchos más en la Ciudad.

Los días pasaron pero el impactante sismo había dejado una huella que jamás se podrá olvidar.

Patrick Miller; una noche surrealista

Un comentario despectivo puede generar interés por conocer lo que se desprecia.

Por Luis Carreño Alonso/ Universidad Iberoamericana.

Patric Miller Cortesía

Foto. Cortesía patrickmiller.com.mx

Preámbulo

Dentro de un blog destinado a personas que dedican gran parte de su tiempo a quejarse y a compartir con otras personas que también se quejan de lo mal que las trata la vida, una pequeña reseña/comentario salta por lo retrograda, despectiva, xenófoba, separatista, prejuiciosa, intolerante, discriminatoria y segregacionista (texto original):

“El viernes me invitaron a festejar el 14 de Febrero a este antro (Patrick Miller), asisti en compañia de mi esposa, grave error, el lugar infestado de gays con una infame presencia, besandose, toqueteandose e incluso en la parte de atras, aprovechando la oscuridad, practicando el sexo oral.

“Mi esposa se espanto y no aguanto ni 15 minutos en el antro de mala muerte situado en la calle de Merida en la colonia Roma, se notaba a muchos gays totalmente extasiados por alguna droga consumida, tal vez antes de entrar, y ojo, entran muchos jovenes incuso menores de edad, es un atentado a la moral creanlo, este antro tiene alli años, pero anteriormente todo transcurria en un completo orden, autoridades hagan algo!”

                                                               Juan Carlos Hernández.

Después de analizar la redacción y las faltas de ortografía, dejando a un lado el contenido, escribir sobre este fabuloso lugar.

 Un poco de historia

Uno de los momentos más épicos dentro de la música electrónica fue aquel bache que sufrió la industria musical después de explotar a más no poder el género disco, las mujeres estaban cansadas de faldas con olanes españoletes, tiaras en la cabeza, pantalones de mezclilla con calentadores a pesar de un calor infernal y los hombres empezaron a detestar esas camisetas que dejaban ver parte de su axila, los clósets llenos de hot pants, era hora de vaciarlos y dar paso a una nueva era, para algunos dejar la heroína y para otros tantos atender un 0 positivo mientras escuchaban Poison en un walkman.

Las computadoras empezaron a evolucionar, empezaron a crecer productores de música y algunos de los músicos que dedicaban su vida al género disco comenzaron a remezclar su música original con cajas de ritmos, sonidos e instrumentaciones nuevas virtuales, llegando así a un género que corre a 135 beats por minuto aproximadamente, el High Energy.

El High Energy se empezó a expandir hasta a Europa y en Estados Unidos tuvo una gran aceptación por parte del público gay. En México también se estaba creando historia, surgía un nuevo sonido en el Club de Periodistas que después sería conocido como Patrick Miller. Era aquí, en Filomeno Mata # 8, donde surgía una leyenda que revolucionaría el ámbito musical y tecnológico en la Ciudad de México. The Saint (y su hermano de San Francisco, The Pleasuredome) y Patrick Miller nos introdujeron en el siguiente periodo de la historia del Hi-NRG.

Dentro del mundo del Hi-NRG se empezó a tener un contagio alto de SIDA, fue así que llegó la famosa crisis del VIH y la recesión mundial, únicamente pocos productores quedaron al mando del género como Donna Summer y Giorgio Moroder para “Carry On” (90), Human League con “Heart Like A Wheel” (90), Blue System con “Deja Vu” (91), Gina Tcon “Tokyo By Night” (91), Ken Lazlo con “Mary Ann” (92), Bad Boys Blue con “Save Your Love” (93) y Fancycon “Love Has Called Me Home” (93).

Después de la crisis que vivió el Hi-NRG empezó a producirse mucho House, Techno, Hip Hop y Trance, convirtiendo las pistas de baile en un zoológico ecléctico a nivel de música, los jóvenes que salían a divertirse se adaptaron a esta nueva manera de hacer fiesta y los amantes reales del Hi-NRG preferían quedarse en casa y escuchar algo bueno de los “años de gloria del Hi-NRG” con amigos y unos tragos.

Patrick Miller en la actualidad

Patrick Miller al igual que el Bulldog café se han convertido en iconos de la vida nocturna en México, sin embargo, a diferencia del Bulldog, Patrick Miller considera su misma esencia desde su inicio, los cambios que hay son realmente pocos y se sigue viviendo la misma experiencia de un salón de baile en el cual todo cuesta 30 pesos, lo único que venden es cerveza y algunas ocasiones las filas son inmensas.

Una vez cerveza en mano es hora de bailar entre toda la gente que hay, no existe lugar para sentarse, no hay tiempo para sentarse y si lo haces probablemente te pierdas de mucho, además nadie quiere mojarse del sudor que emanan las paredes de este bello lugar, rayos láser, pantallas enormes de leds, luces robóticas que van al ritmo de la música, un excelente equipo de sonido y un amable policía que te revisa hasta las trabillas del pantalón en busca de droga, son atracciones menores pero no menos importantes que no pueden pasar desapercibidas.

Bienvenido al mejor zoológico de mexica, uno donde los leones no están dormidos o los osos polares muertos, bienvenido al lugar donde todos conviven como si no hubiera un mañana, varios tipos de personas conviven en la pista, chavosrucos de 50 años que acaban de salir del gimnasio van a hacer un poco mas de cardio y si es posible se quitaran la playera para enseñar un cuerpo no muy agradable pero que demuestra una visita constante a un gimnasio.

Cambia la vista, a unos cuantos metros un oficinista que destila alcohol está regalando su chaleco, probablemente mañana se arrepienta demasiado, aunque la mayoría de las personas es buena y al darse cuenta de su nivel etílico se lo devuelva y le dé palabras de aliento como: “es tuyo y debes de guardarlo, mejor desabotónate más la camisa, es mejor perder pudor a un chaleco de traje”, igual el tipo no hará caso y la mañana siguiente a su destrampe llamará preguntando con una voz de seriedad si es posible que chequen en su inventario de cosas perdidas si no está un chaleco gris Oxford de Aldo Conti.

Concursos de baile, el público es el referee, varios círculos se ven desde el segundo piso, no más de 2 metros de diámetro, los más aventados son los actores principales de la pelea, hay diferentes niveles de competición, probablemente si la experiencia no es tanta y uno participa en los círculos de los choppers lo verán tan feo que deberá de huir, la idea no es de quien baile mejor, a decir verdad es bastante subjetivo, en ocasiones los que más raro bailan son los que se llevan más palmas y si alguien es pateado o pateada por el chico que empezó a hacer vueltas de carro en media discoteca no merecerá siquiera una disculpa, es su zona de trabajo y debe respetarse como lo que es, deberá pasar desapercibido y aplaudir al final de su intervención con un pañuelo desechable deteniendo el flujo de sangre.

A pesar de los cientos de personas que se congregan a bailar Hi-NRG cada fin de semana en Mérida 17, uno esperaría toparse con un olor desagradable de una humanidad haciendo catarsis bailando y sudando el éxtasis, la cocaína, el acido o únicamente “la gota gorda”, no es así, la naftalina, conocida por su antiguo uso contra las polillas para proteger la ropa, es un hidrocarburo cristalino presente en estado sólido a temperatura y presión ambiente, y de color blanco. Es un compuesto volátil a altas temperaturas, donde forma un vapor inflamable. La fórmula química está compuesta por 10 átomos de carbono y 8 átomos de hidrógeno; fórmula que consiste en 2 anillos unidos de benceno. En pocas palabras y hablando sinceramente, sirve para que el lugar no apeste, entrar al baño de hombres puede ser una odisea y el tipo que te indica en qué mingitorio hacer tus necesidades puede ser rudo, los espejos pueden estar empañados pero siempre estará ese olor fresco que te remite al clóset de los abuelos.

Larga vida, Patrick Miller, dicen los frecuentes asistentes que no se imaginan un fin de semana sin su templo de culto al baile y a ese género musical que algunos aseguran pone de buenas, es momento de abrirse a otros tipos de fiesta y convivir con todo tipo de gente que se junta únicamente con el fin de pasar un buen rato, oficinistas, médicos con una bata que no inspira confianza, Dj’s posmodernos quejándose de la música, secretarias, fresas, mirreyes, hipsters, cholos, chúntaros, rastafaris y uno que otro de cara larga porque “hace mucho calor”, harán una noche sin precedentes.

Para que la noche termine como debe de ser es importante salir del lugar con un zumbido en el oído que indica que esa frecuencia no la volverás a escuchar nunca, buscar al amable muchacho de las tortas de tamal y pedir del sabor preferido, dirigirte a casa y despertar al día siguiente con un dolor de piernas brutal, un olor extraño, posible dolor de cabeza y la cartera más llena de lo que podría haberse vaciado en un fin de semana habitual.

Dentro de la página web de Chilango pude encontrar otro comentario de un cliente acerca de Patrick Miller que pone en duda que pensar del lugar después de la primera aportación con la que inicia este reportaje, es más corta pero expresa bien el sentir del cliente con respecto a su visita (texto original):

“Wow wow wow que lugar !!”.

Martin Berry.

Arena México; vieja tradición, nueva experiencia

Jóvenes mexicanos recuperan una vieja tradicion popular: ir a las luchas.

Por Paola González Gasca/ Universidad Iberoamericana.

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Colorido en la venta de máscaras en el exterior de la Arena México.
Foto: Archivo.

Aferrado a su banco de plástico color verde, el Doctor Rabias, vendedor callejero, aguarda a la entrada de la Arena México. Camisa holgada de color azul y manga corta, gorra negra, piel morena y escasa barba de candado, una perforación en la oreja derecha y voz calmada. Se sienta en la parte lateral de una mesa color negro de unos dos metros de largo, que no sostiene máscaras (lo típico del lugar) sino algo distinto. Ha encontrado en la Arena México un refugio, el lugar idóneo para comercializar un producto único, alejado de la industria mediática y editorial de la cual huyó desde hace cuatro años. Su nombre es Edgar Vargas, pero Doctor Rabias para los cuates.

En la mesa negra del Doctor Rabias se asoma un cerdito de plástico en forma de alcancía, cuyos rostros son pintados a mano, emulando máscaras de luchadores famosos. Lo que sigue son una gran variedad de productos que toman como pretexto el colorido y folklore de la lucha, una especie de remediación de la iconografía proyectada desde los cuadriláteros: estampas, pósters, parches bordados, gorras, libretas, llaveros y pequeños juguetes, hechos a mano con ilustraciones del Dr. Rabias. ¡El Santo, El Cavernario, Blue Demon y El Bulldog! se entremezclan con rasgos de superhéroes de Marvel. La armadura de Iron Man con los colores de Mil Máscaras hacen una; alebrijes que retan al ojo y conocimiento del aficionado. Su apuesta difiere al resto, ha unido su arte al mundo luchístico.
De formación universitaria, con una licenciatura en comunicación, Edgar Vargas inició su proyecto: “Lucharama. El arte de la lucha, la lucha del arte”, huyendo de la industria editorial y mediática. Ha colaborado con agencias de publicidad, periódicos, revistas como la Cosmopolitan o la creada por él: Virus (revista que duró ocho años en el mercado). “He sido de todo, ilustrador, editor, reportero, menos director”. Edgar solía tener buenos tiempos: “Dibujaba como loco y ganaba dinero como loco”. Sin embargo, la gran mayoría de las editoriales para las cuales colaboraba, atravesaban una crisis que se derivaba en injusticias laborales: sueldos bajos, ofertas de paquetes malvendidos de sus ilustraciones, la llegada de una ola de argentinos haciendo la chamba de dos y cobrando la mitad fueron factores de una situación en que las editoriales eran las únicas que ganaban. Ante ello, Edgar tuvo que buscar la forma de sobrevivir, pues si bien sus ilustraciones eran suficientemente buenas como para seguir freelanceando, las dinámicas de la industria lo tenían harto, y así fue como buscó a un viejo conocido: Justin, con quien entabló una relación de amistad desde hace cerca de 10 años, fecha en que el Dr. Rabias, trabajando para su revista Virus, lo entrevistó y de ahí compartieron el gusto e interés por la lucha libre.

Ambiente en las luchas

Las funciones de lucha se amenizan con un espectáculo de luz y sonido.
Foto: Octavio Ortega.

La intención desde un inicio era tomar a la lucha libre como excusa para crear diseños, explorar colores, máscaras y todo el mundo iconográfico que envuelve a este deporte. Confiesan ser fanáticos de la lucha libre, no por el deporte sino por el espectáculo, por la parte visual. Como muchos otros, no entienden las estadísticas, no saben de rivalidades, de técnica, de buena lucha, pero la disfrutan como espectáculo. Y fue así como un día compraron juguetes chinos de 500 pesos y los transformaron en luchadores, pusieron su puesto afuera de la Arena e ilusamente pretendían venderlos en mil pesos. Fue un fracaso. “Si bien me iba, me decían que si les dejaba tomar una foto y hasta ahí”, comenta el Dr. Rabias.
Ante el fracaso, buscaron otras opciones; la primera o más obvia era indagar en los juguetes antiguos y tradicionales mexicanos como el balero, trompos, sonajas, y convertirlos en luchadores. Sin embargo, se encontraron con un público acostumbrado a lo mismo, a “sólo ver máscaras y playeras; máscaras de esponja malhechas y playeras mal impresas”. Los primeros tres años fueron difíciles en términos de ventas, pero no en términos de aprendizaje. El Dr. Rabias fue modificando sus productos, hasta encontrar el precio e incluso el material idóneo. Si uno mira sus muñecos, éstos parecieran ser de barro o cerámica, pero no, son de plástico, de unos 15 centímetros de alto, pequeños luchadores con el torso descubierto, calzoncillo de color y máscara. Ahora Edgar compra juguetes de la marca Hasbro, y lo que es un M&M rojo se convierte en “el Místico”.

Su arte ahora tiende a la reproducción masiva, menos trabajo minucioso de pintar uno a uno juguetes de un valor monetario que excede del promedio, y en cambio, un sólo dibujo o ilustración capaz de repetirlo indefinidamente.

Tras años de buscar entender a su público, Edgar Vargas ha encontrado una especie de estabilidad económica y laboral. Llegó a la Arena en las épocas en que el Místico reinaba, en que la calle Dr. Lavista se atiborraba de pequeños queriendo ver a su ídolo; cuando la lucha libre parecía resurgir de entre los escombros. El éxito mediático del Místico era más que evidente, pues pudo revivir a una industria prácticamente que se daba por perdida. Pero esto se acabó el jueves 24 de febrero de 2011, cuando se anunció lo inevitable. De pronto, un día, dijo adiós el último héroe, el hombre que emulaba al mítico Santo. El ídolo del pueblo se fue, como muchos otros mexicanos, migró a Estados Unidos en búsqueda, quizá, de una mejor oportunidad, un mercado jugoso como lo es hoy en día la WWE (World Wrestling Entertainment), empresa que lidera el mercado de la lucha libre en el país del norte, la cual sedujo al ídolo y se apropió del luchador, que dejó atrás las arenas mexicanas, y ahora lucha en Estados Unidos bajo el nombre de “Sin Cara”.

En sus productos el Dr. Rabias se atreve a mezclar imágenes de la Virgen con luchadores: gustado por algunos, tomado como un atrevimiento u ofensa para otros. Convive con Benito Ochoa, un vendedor de máscaras que acude a la Arena desde que empezaba a caminar, 50 años de experiencia avalan la historia de Benito, que difiere con la de Edgar. Su gusto por la lucha es visto con otros ojos que anhelan y ven con nostalgia las épocas en que, en las calles aledañas a la Arena, no se podía caminar por la cantidad de gente que había: “Yo vendía 10 mil pesos en un ratito, y ahora las ventas ¡están de la chingada!”. A Edgar, por su parte, le es imposible visualizar ese escenario que Benito le narra con asombro e ilusión: “Televisa venía y ponía pantallas gigantes afuera, porque los 17 mil de la Arena no eran suficientes, habían otros 5 mil queriendo ver la lucha”.

Desanimados, los vendedores más antiguos como Benito, hasta los más nuevos como Dr. Rabias ven pasar frente a ellos grupos que rondan la docena de personas, notablemente de otro estrato social. Sobre todo los viernes, afirman ellos, quienes aluden a ellos los describen como “excursionistas” de la Ibero o de Polanco o “gente muy extraña del ‘bacho’ (barrio) 90210”. La Arena se ha transformado.

Arena México, interior

La Arena México se ha convertido en punto de encuentro de diferentes clases sociales. Foto. Archivo.

Llegan en coches último modelo, los que estacionan por entre 50 o 100 pesos por tiempo ilimitado. Los jóvenes se acercan a los puestos a comprar cigarros, algunos chicles, quizá cacahuates o pepitas. Cuestionan el precio de las máscaras, algunos no tienen ni idea de a qué personajes aluden y las escogen por lo llamativo de los colores, el precio o por la que se vea más chistosa. Con la máscara puesta se toman fotografías que rápidamente suben a Facebook o Instagram. Se acercan a los policías de la entrada, les dan sus boletos e inician su aventura por ese mundo desconocido de la lucha libre.

Luchador Arena México

Los luchadores arengan a los visitantes.
Foto. Octavio Ortega.

Adentro de la Arena, los mundos de los asiduos y los neófitos se mezclan. Algo los va integrando. Desde el inicio, los niños entienden el lenguaje de la lucha libre: gritan, se enojan, se frustran, agitan sus brazos, escalan las piernas de sus padres para acercarse a sus ídolos. Las porras de rudos y técnicos se ubican a los costados de la Arena. Vendedores ofrecen máscaras, chelas y tortas a grito abierto. El cuadrilátero al centro se ilumina, destellos azules y rojos tintinean en los rostros de los asistentes. El calor abruma. La música sube de volumen; chicas con cuerpos perfectos salen bailando una coreografía con soundtrack propio una película de Rocky. Los luchadores salen a hacer lo suyo: se golpean, se avientan, se insultan, se quitan sus capas, suben las tres cuerdas del ring y alientan a su público. La gente se contagia, grita, ríe, se divierte. El grupo de jóvenes “excursionistas” por momentos se aburre, por momentos comparte los gritos y los insultos que se pierden en el anonimato de la tribuna.

Luchador golpeado

La derrota en la lucha no produce la solidaridad del público.
Foto: Octavio Ortega.

La función termina cerca de las once de la noche. Aficionados y excursionistas salen de la Arena. El Dr. Rabias y Benito Ochoa hacen sus esfuerzos por lograr una buena venta. Para el Dr. Rabias a los “excursionistas” les gustó la lucha. Los visitantes salen fascinados, extasiados, muertos de risa, quizá alcoholizados.
La Arena ya no es aquella que está de bote en bote, ni la gente loca de la emoción; la Arena México se ha transformado en algo más bien cercano a uno de los tantos mitos que esconde la Ciudad de México: un lugar que refleja una cultura popular, un recinto donde nuevas generaciones acuden en búsqueda de una experiencia nueva. Probar ir a las luchas es hoy en día lo mismo que ir a escuchar mariachis a Garibaldi, probar unos mezcales, escuchar banda o vestir de chinita poblana. Una nueva experiencia con viejas tradiciones.