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Robots porristas en estadios de Corea

Se llaman “Eagles Fanbot”, son un grupo de fanáticos cibernéticos que llegaron a los estadios de Corea a apoyar al equipo Eagles de beisbol.

Fanrobot

Según el video en internet, ante la baja de asistencia a los estadios debido a que la gente ahora prefiere ver los partidos en sus teléfonos celulares e interactuar con otros espectadores en foros virtuales, la empresa del equipo ideó los Fanbots. Se trata de robots que ocupan un espacio en las tribunas y que sirven para transmitir mensajes de los fanáticos que se conectan vía internet.

Equipados con una pantalla que se levanta con dos brazos mecánicos, altavoces que reproducen gritos de ánimo a los jugadores y una pantalla en la cara en la que se proyecta la imagen de fan que está al mando de cada robot, estos Fanbots permiten una representación real de lo que quisiera hacer el fanático que no está en el estadio, pero que se conecta desde su celular.
Según la empresa coreana, los fans y los fansbots ayudarán a conseguir más victorias a los Eagles de Corea.

Por su puesto, todos los Fanbots portan la playera y gorra del equipo.

Monstruos en las aulas

Por Nancy Gibbs

(Texto publicado originalmente en Time y Reforma).

timeEl día empezó con un presagio ominoso para la escuela secundaria Columbine, de Littleton, Colorado, una próspera comunidad de 35 mil habitantes al sudoeste de Denver. El mensaje que aparecía en los monitores de video que hay en cada aula no estaba precisamente sacado de las obras de Ralph Waldo Emerson. Un estudiante recuerda que era algo como “Mejor que se larguen”.

Ese día era también el aniversario del nacimiento de Adolfo Hitler. Algunos de los integrantes del grupo de amigos de Eric Harris y Dylan Klebold -al que se había dado en llamar la Mafia de los Abrigos- se sentían muy atraídos a la mitología nazi. Sus miembros usaban camisetas negras con esvásticas, hablaban alemán en los pasillos de la escuela, reproducían batallas de la Segunda Guerra Mundial, y jugaban con los videojuegos más violentos. También hablaban de las personas a las que odiaban y de las que les gustaría matar.

Pero, realmente no eran peligrosos, ¿verdad? En todas las escuelas hay alumnos rebeldes: los aficionados a la estética gótica, con uñas pintadas de negro y lápiz de labios oscuro. Están los chicos que fuman marihuana, otros que no van a clases y, a veces, los chicos más brillantes, aficionados a las computadoras, que encuentran solidaridad en la exclusión. En cuanto a la pandilla de Columbine, sus compañeros los describían como chicos indeseables, rechazados y “típicos estudiosos” que, al igual que los deportistas y los “niños de papá”, tenían su propia mesa en la cafetería. Su foto en el anuario de la escuela llevaba el siguiente epígrafe: “¿Quién dice que somos diferentes? La locura es saludable. Lucha por estar vivo, ser diferente y estar loco”.

asesinos columbine“Lo hacen para llamar la atención”, dice Greg Montgomery, de 19 años de edad. “Hay una especie de rivalidad con nosotros”, añade el jugador de hockey Chip Dunleavy, de 17. “Nos odian porque somos la élite social de la escuela”. Esa rivalidad llevaba meses hirviendo a fuego lento. Algunos estudiantes señalan que hasta los profesores solían tratar mal a los “abrigados”, acusándoles injustamente de cosas que no habían hecho, dejando siempre que los deportistas se salieran con la suya porque éstos eran la aristocracia. A uno de los atletas, especialmente, le gustaba provocarles, burlándose de su ropa y refiriéndose a los abrigados como “escoria”. Otros los llamaban homosexuales, acosándolos hasta el punto de arrojarles piedras y botellas desde los autos.

Algunos integrantes de la pandilla intentaban ignorar las agresiones, mientras que otros respondían. Una vez, uno de ellos supuestamente blandió una escopeta ante los que les molestaban en el parque. Una vez grabaron un video para una clase en el que contaban la historia de unos chicos con abrigos que cazaban a sus enemigos con escopetas. Una inscripción en el cuarto de baño de los chicos advertía: “Algún día Columbine va a estallar. Muerte a todos los atletas. Los deportistas deben morir”.

Ese día, la cafetería regalaba galletas a los estudiantes. A las 11:30, hora del almuerzo, había cientos de alumnos en las mesas y haciendo cola cuando afuera comenzaron a sonar las detonaciones. Los estudiantes vieron a dos jóvenes con abrigos y máscaras que disparaban a otros chicos; uno de ellos arrojó algo hacia el techo que causó una explosión. Algunos creyeron que se trataba de la tradicional travesura de despedida de los estudiantes de último año -algo así como reventar globos llenos de espuma de afeitar-. Serán fuegos artificiales, creyeron. Seguro que las pistolas son de mentira. Y la sangre también, ¿no? ¿Una bomba de broma sería capaz de sacudir las paredes? En seguida los estudiantes comenzaron a gritar y correr. Uno de los chicos sintió silbar una bala por encima de su cabeza.

“¡Tírense al suelo!”, gritó el encargado de la limpieza. “¡Debajo de la mesa!”. Todos buscaron protección, arrastrándose debajo de los muebles y por encima de las mochilas, deslizándose hacia las escaleras y echándose a correr cuando volvieron a oír disparos. “Sentimos una explosión tras otra”, dice Jody Clouse, estudiante de segundo año. “El suelo se sacudía con cada explosión”. Las balas rebotaban contra los armarios metálicos. Algunos intentaron subir corriendo las escaleras para refugiarse en la biblioteca, pero había humo por todas partes. La alarma contra incendios se había activado y los aspersores habían transformado la escuela en una cegadora selva de niebla. Por eso muchos estudiantes se replegaron, bajando la escalera para alejarse de la biblioteca que, al terminar el caos, había quedado convertida en una tumba masiva.

eric-dylan-commons-longhsotKaren Nielsen, empleada de la cafetería, estaba ayudando a los estudiantes heridos cuando vio a los atacantes. Al escuchar disparos en la sala se llevó a los chicos rápidamente hasta el baño. Se llevó un teléfono para llamar a la Policía, y de repente pensó: “Van a ver el cable y entonces no tendremos salida”.

Neil Gardner, el subcomisario a cargo de la seguridad de la escuela, escuchó los disparos y corrió hacia la cafetería. Intercambió disparos con uno de los atacantes al localizarlo y luego se puso a cubierto y llamó a la comisaría para pedir refuerzos. Para entonces las llamadas pidiendo auxilio ya habían comenzado a llegar y los vehículos de los SWAT (las fuerzas de élite de la Policía) se presentaron 20 minutos después. Pero las explosiones continuaban y los oficiales no tenían idea de cuántos atacantes había, ni cómo distinguir entre los asesinos y las víctimas. “No querían entrar disparando y matar a los chicos equivocados”, dice Cathy Scott, madre de dos estudiantes que lograron escapar. Por eso la Policía se agazapó mientras que las bombas seguían explotando.

Arriba, en el departamento de Ciencias, el profesor Dick Will pensó: “Otra vez, los estudiantes de Química con sus explosiones”. Pero cuando sonó la alarma de incendios, se dio cuenta de que esto no era ningún experimento. Algunos de sus alumnos salieron al pasillo para ver lo que pasaba y volvieron gritando, aterrorizados: “¡Están disparando!” Will juntó a sus estudiantes en un rincón del aula, apagó las luces y amontonó mesas y sillas contra las puertas.

Otros profesores hicieron lo mismo. El profesor de Negocios, Dave Sanders, se encontraba en la sala de profesores cuando escuchó ruidos. Cuando corrió hacia la cafetería, se encontró en un campo de batalla. “Nos gritó que nos tiráramos al piso y cerráramos la boca”, dice la estudiante de primer año Kathy Carlston. “Nos arrastramos hasta llegar a las escaleras”. Cuando los disparos volvieron a sonar, algunos se pusieron de pie y comenzaron a correr. Sanders se quedó en el suelo, apoyado sobre los codos, indicando a los chicos dónde podían buscar refugio mientras los asesinos se acercaban. Demasiado aterrada para mirar atrás, Kathy no pudo ver a los atacantes, pero sabía que estaban cerca, muy cerca. También estaba consciente de que su 1.80 m de estatura la convertiría en un blanco fácil. Por esa razón, mientras otros chicos salieron corriendo por un pasillo del primer piso, ella decidió subir hasta el segundo. Intentó abrir la puerta de un aula de ciencias, pero estaba cerrada con llave. Frenéticamente, atravesó todo el pasillo hasta llegar al aula de ciencias número 3, donde otros profesores habían reunido a sus alumnos.

Las víctimas (004)Los estudiantes estaban en medio de un examen de biología largo y difícil cuando comenzaron las explosiones. Lexis Coffey-Berg, de 16 años, primero vio a Sanders corriendo hacia ellos y luego vio cómo recibía dos impactos en la espalda. “Se podía ver el impacto recorriendo su cuerpo, escupía sangre”, dice. Sanders entró tropezando en la sala, con sangre brotándole del pecho, y cayó de bruces sobre un pupitre.

Un profesor consiguió llamar por teléfono a los paramédicos y el aula se transformó en una sala de emergencia. Aaron Hancey, un estudiante de tercer año, sabía un poco de primeros auxilios y los paramédicos intentaron instruir a los jóvenes sobre cómo atender al profesor herido. Los chicos se sacaron las camisas para hacer una almohada y vendajes para taponar las heridas sangrantes de Sanders. Encontraron algunas mantas y lo arroparon. Su temperatura comenzaba a descender y se dieron cuenta que lo iban a perder. “No puedo respirar”, murmuró Sanders. “Tengo que irme”. Pero ellos continuaron hablándole; sacaron de su billetera las fotos de sus hijas y se las mostraron. Los alumnos le pidieron que hablara de ellas. “Respiraba y estuvo despierto todo el tiempo”, dice Jody. “Sé que le dolía muchísimo”. Escribieron un mensaje en una pizarra y la pusieron en la ventana para que los equipos de rescate la vieran. “Socorro, se desangra”.

evacuacion-en-columbineEn los televisores de los aulas, los estudiantes podían ver cómo los helicópteros sobrevolaban el lugar y los grupos de asalto se preparaban; incluso vieron llegar a los padres. Todo el país contemplaba en directo el sitio a la escuela. “La Policía no sabía dónde estaban los tiradores, o dónde estaban las bombas”, dice Lexis. “Y por eso no podían sacarnos en seguida”. Sus amigos comenzaron a escribir notas para sus padres, diciéndoles que los querían y que creían que iban a morir. Todos rezaban. “En un mundo con tantas religiones”, dice Lexis, “todos rezábamos de la misma manera”. Uno de sus amigos hizo un juramento. “Si consigo salir de aquí voy a portarme bien con mi hermano pequeño”.

En otros lugares de la escuela, los estudiantes se habían encerrado en armarios y aulas y usaron sus teléfonos celulares para llamar a la Policía, a sus padres y a cualquiera que pudiese ayudarles a salir. Algunos oyeron a los asesinos riéndose por los pasillos mientras acechaban a sus presas. Oían los insultos. “Maldito niñito bueno. Es buena noche para morir”. Nick Foss, estudiante de último año, se metió en un baño con un amigo suyo. Rompieron un panel del techo y se arrastraron por una vía de ventilación. El conducto se rompió y Foss cayó sobre una mesa de la sala de profesores situada unos 4.5 m. más abajo. Milagrosamente, no estaba herido; se levantó, se repuso y corrió a toda velocidad mientras el tiroteo continuaba a sus espaldas. “Disparaban como locos, por todas partes. Parecía que querían matar a todo lo que se movía”, dice. “Nunca he sentido tanto miedo en mi vida. Era correr o morir”.

Muchos de los alumnos que lograron salir corrieron hacia los estacionamientos. La Policía había oído rumores de que los asaltantes estaban cambiándose la ropa con los alumnos, así que tuvieron que revisar a todo el mundo para asegurarse de que los asesinos no escaparan camuflados como víctimas. Llegaron vecinos con mantas y vendajes y se llevaron a los chicos a sus casas. Una enfermera que pasaba por la zona de repente se encontró atendiendo a los heridos en el césped. Las ambulancias iban y venían desde los hospitales del vecindario, llevándose a los que habían logrado salir del edificio. Donn Kraemer, oficial de los SWAT, vio a un chico intentando salir por una ventana. Cojeaba, sangraba y luchaba desesperadamente por escapar. “Nos miró pero no nos veía”, dijo Kraemer. “Iba a caer de cabeza”. Kraemer y otro agente lograron sacarlo a salvo, pero con heridas en la cabeza y en un pie. Apenas podía pronunciar su nombre; los policías le oían decir algo como Rick o Rich. Se llamaba Patrick Ireland, tenía 17 años y había recibido dos balazos a la cabeza. La semana pasada se encontraba en cuidados intensivos.

asesinosDurante todo este caos, los asesinos aún estaban adentro ocupados con lo suyo. Al final, hicieron su trabajo más mortífero en el lugar más tranquilo de la escuela, el lugar indicado para encontrar a un numeroso grupo de estudiantes, cuando los exámenes finales están por empezar, y muchos alumnos andan preocupados por terminar a tiempo sus trabajos finales.

Una profesora, a quien la policía identifica solamente como Peggy, logró entrar en la biblioteca poco antes que los asesinos. Primero llamó a la Policía e inmediatamente después se le podía oír por el teléfono tratando desesperadamente de avisar a los alumnos. “Hay un tipo con un arma”, gritaba, sangrando. “Niños, debajo de la mesa. Niños, quédense ahí … Dios mío, Dios mío, niños, no se levanten”. Al principio, Craig Scott creyó que era una broma y que la profesora estaba involucrada. Pero el ruido era real, y el miedo era casi tangible. Craig se escondió debajo de un escritorio con su amigo Matt Kechter y uno de los pocos estudiantes negros de Columbine, un chico de último año llamado Isaiah Shoels. Ahí oyeron entrar a los asesinos.

Estaban riéndose, animados. Caminaban por la biblioteca preguntándole a la gente por qué debían dejarles vivir. Los estudiantes oyeron a una chica suplicar por su vida; después hubo un disparo, y silencio. Les dijeron a los heridos que no lloraran más; que pronto acabaría todo, pronto estarían todos muertos. Se acercaron a una chica escondida debajo de una mesa, y gritaron “¡Cu cu!” antes de dispararle en el cuello. Los asesinos eran completamente despiadados. Los supervivientes dicen que se comportaban como si fuera un videojuego. “Hemos esperado mucho para hacer esto”, dijeron. Uno de los pistoleros reconoció a un alumno y le dijo: “Ah, a ti te conozco. Puedes salir”. Y después: “Se nos acabó la munición. Hay que recargar. Volveremos por ustedes tres”.

Los atentados (003)

Craig se sacó su gorra y la escondió. Cuando los asesinos pasaron cerca, vieron a Isaiah y con desprecio lo llamaron “negro”. Este les suplicó que no dispararan, que lo dejaran irse a casa. Dijo que quería ver a su madre, pero ellos apretaron el gatillo. Después le dispararon a Matt. Craig, cubierto por la sangre de sus amigos, se quedó tumbado en el suelo, quieto. Dos días después se lo contó a la periodista televisiva Katie Couric, un relato de horror tan escalofriante que era difícil de contemplar. Craig comenzó a orar para tener coraje. “Dios me dijo que saliera de ahí”, declaró. Se levantó y comenzó a correr mientras gritaba para que los demás hicieran lo mismo. Una chica pidió auxilio. “Le habían volado el hombro de un balazo”, dijo Craig. “La ayudé a salir. Se estaba desangrando y se le veía el hueso”. Salieron de la biblioteca, encontraron una salida y llegaron hasta los policías. Craig les describió a los asaltantes y les indicó dónde estaban.

Mientras tanto, el profesor Sanders agonizaba en el aula de ciencias. Los alumnos trataban de dar instrucciones a la policía para llegar al lugar, pero reinaba la confusión y el tiempo seguía pasando. Le dijeron por teléfono que tardarían 10 ó 15 minutos hasta poder ayudarlo. “Demasiado tiempo”, respondió Sanders. “Díganles a mis hijas que las amo … a mi esposa …”.

Al final, el rescate de los estudiantes en el segundo piso se demoró unas tres horas y media. Los estudiantes pidieron que la Policía les ayudaran a sacar a Sanders. La Policía se negó, conduciendo a los chicos por los pasillos y pasando junto a cuerpos caídos y sangre por todas partes. El lugar ahora estaba inundado con unos 15 cm de agua de los aspersores; sobre las mesas de la cafetería había sandwiches a medio terminar, ahora empapados. “Todo estaba en su lugar”, dice Lexis, “como si fuera un día corriente”. Recuerda los gritos de la Policía: “si alguno separa las manos de la cabeza lo apartamos inmediatamente. Levántense con las manos en la cabeza. ¡Corran! ¡Corran!”.

Era demasiado tarde para Sanders. Su respiración se fue apagando poco a poco, y su rostro se puso azul y pálido. Murió pocos minutos después de la llegada de los paramédicos. “La espera fue demasiado larga” dice Jody Clause. “Todo lo que ocurrió parece irreal”.

Mientras tanto, los aterrorizados padres seguían el desarrollo de los acontecimientos en directo. Al oír la primera ola de noticias, salieron a toda velocidad hacia la escuela, algunos abandonando sus coches en cualquier lugar. En medio de la confusión, se dirigían a toda persona que parecía “oficial”, suplicando que les diesen noticias de sus hijos. ¿Por qué se demoraba tanto la Policía? ¿No sabían que sus hijos estaban dentro? Algunos niños escapaban corriendo, pero aún faltaban muchísimos. ¿Dónde están? ¿Quién los está ayudando? Más tarde los oficiales les dijeron que se trasladaran todos a Leawood, una escuela primaria cercana, y la vigilia continuó allá. Los padres aguardaban mientras los autobuses escolares amarillos iban llegando uno tras otro, cargados con unos 40 niños cada vez, que bajaban y abrazaban dichosos a sus familias y sus amigos, como una lotería macabra.

columbine30nov_gBruce Beck miraba con ansiedad a todos los que llegaban. Buscaba a su hijastra Lauren Townsend. “Uno ve salir a los niños de la escuela, convencido de que el suyo va a estar entre ellos”, le dijo al periódico Rocky Mountain News. La madre de Lauren esperaba noticias junto al teléfono. Pero no hubo noticias. Se hizo de noche. Mientras la multitud iba disminuyendo, los que quedaban se sentían cada vez más desesperados. A esta altura, la Policía ya había tomado control de la escuela Columbine, pero explicaron que había bombas escondidas entre los cuerpos, por lo cual era muy peligroso retirarlos. Después les pidieron regresar por la mañana con las fichas dentales de sus hijos. Dos madres salieron corriendo del edificio y vomitaron afuera.

Se demoraron horas en registrar todos los datos de la masacre. “Entre los SWAT había gente que había estado en Vietnam y ahora sollozaban ante lo que veían”. Pero los oficiales no apreciaron el nivel de aniquilación planeado por los asesinos hasta el jueves por la mañana. En la cocina de la escuela encontraron una bolsa de lona con un paquete siniestro. Contenía un tanque de propano, latas de gasolina, clavos, balines y vidrio -suficientes como para acabar con docenas de vidas en la cafetería. El comisario John Stone dijo: “iban a destruir la escuela”. Antes de suicidarse, disparándose las dos últimas balas en la cabeza, los asesinos habían utilizado más de 900 cartuchos de municiones. Usaron dos escopetas recortadas, una carabina semiautomática de 9 mm y un arma corta semiautomática TEC-DC 9. Más tarde, la Policía descubrió más de 30 bombas: en la escuela, había bombas fabricadas con pedazos de cañería, y también encontraron bombas en un automóvil en el estacionamiento. Era un arsenal tan grande que hizo sospechar que Harris y Klebold no actuaron solos.

Lo peor de buscar una explicación es el temor de que no haya ninguna. Se habló mucho de la cultura emponzoñada en que vivían estos jóvenes, pero otros beben de las mismas aguas sin convertirse en asesinos de masas. Se habló de familias con trastornos graves, con algún problema del pasado que había sido enterrado psicológicamente. Pero en los primeros días después de la masacre, toda esta arqueología no produjo ninguna conclusión que podía explicar algo tan gigantesco.

Se decía que Dylan Klebold era el espíritu más tranquilo de los dos: callado, quieto, en busca de un jefe. Lo encontró en Eric Harris, cuando la familia de éste se mudó a Littleton desde Plattsburgh, Nueva York. Thomas, el padre de Dylan, es un ex geofísico que ha fundado un negocio de gestión hipotecaria que administra desde casa. Su madre, Susan, trabaja con niños ciegos y discapacitados en una pequeña academia local. Viven en una casa moderna de madera y cristal situada en una hermosa zona rocosa llamada Deer Creek Mesa. Un día antes de la masacre, algunos vecinos de los Harris vieron el BMW negro de Klebold aparcado frente a la casa de Eric. Wayne Harris, el padre de Eric, es un condecorado piloto de la Fuerza Aérea. Uno de los vecinos oyó a uno de ellos preguntándole al otro si tenía un bate de béisbol metálico. Desde el garaje se oyó el sonido de martillazos y vidrios rotos. “Siempre estaba dentro con la puerta cerrada”, dijo un estudiante de quinto grado que vive cerca. La Policía dice que es posible construir 30 bombas en una tarde con menos de 200 dólares en materiales. Estos se consiguen en cualquier ferretería o tienda deportiva.

Las recetas para estas bombas son aun más fáciles de conseguir, sobre todo para un chico con destreza cibernética. La página Web de Harris -actualmente retirada por el proveedor de Internet America Online- ofrecía minuciosas instrucciones para la construcción de bombas. “Voy a montar explosivos por todo el pueblo”, escribió. “No me importa si vivo o muero”. En el mismo lugar escribió que una bomba casera es “la forma más fácil y mortífera para matar a un grupo de gente” y aconseja sobre la metralla: “Se pueden usar tornillos, balines, todo tipo de clavos…”.

asesinos en accionKlebold y Harris ya conocían de cerca el sistema legal. En enero de 1998 se confesaron culpables de robo, tras descerrajar una camioneta y robar equipo electrónico por valorado en 400 dólares, e ingresaron en un programa de rehabilitación del juzgado. Esto les permitió limpiar sus antecedentes penales juveniles mediante la participación en programas comunitarios y en terapia para el control de la violencia. El 3 de febrero pasado se les permitió terminar el programa anticipadamente por haber sido participantes ejemplares. “Eric es un joven muy brillante que tiene todas las posibilidades para poder triunfar en la vida”, decía el informe final sobre Harris. A propósito de Klebold, decía que era “suficientemente inteligente para convertir sus sueños en realidad, pero necesita entender que eso requiere esfuerzo”.

Los profesionales de este programa y las personas que tuvieran contacto diario con Harris y Klebold no percibieron ningún indicio de alarma. De hecho, el dueño de la pizzería donde los dos trabajaban dijo que los chicos eran modelos de buena conducta. Se ha hablado mucho de su feroz racismo, pero la gente que conocía a Harris en Plattsburgh tenía buena opinión de él. Según el periódico local, algunos de sus mejores amigos eran negros y asiáticos. Y en cuanto al supuesto neonazi Klebold, su bisabuelo era un prominente filántropo judío de Ohio.

A pesar de las amenazas y las intenciones, la matanza fue indiscriminada. Dispararon sobre toda la gama estudiantil: el genio matemático, la actriz, el luchador, el orador, deportistas, músicos de la banda estudiantil, alumnos de primer y último año. Le dispararon al entrenador de futbol y al profesor de ciencias. “Les dispararon a todos”, dice Nick Zupancic, estudiante de último año.

Ya pasaron los funerales y se amontonaron las flores sobre la nieve primaveral en el estacionamiento de la escuela. Ahora llega el momento de las recriminaciones. ¿Cómo puede ser que sus padres no supieran que su garaje era una fábrica de bombas? Yen la escuela, ¿cómo no percibieron que aquel odio era más que alienación juvenil? ¿Por qué fue tan cautelosa la Policía cuando dentro de la escuela había personas desangrándose? ¿Hubieran hecho lo mismo con sus hijos dentro?

Frank DeAngelis, el director de la escuela secundaria Columbine, dice que la escuela hizo todo lo humanamente posible. “Ni siquiera teniendo en alerta a la Guardia Nacional se habría podido detener esto”, dijo. Incluso con detectores de metal en las entradas del edificio, no habría podido evitar una matanza. DeAngelis tampoco cree que los asesinos hubieran escondido su arsenal con antelación, aunque este argumento se debilitó al saberse que Harris, en su calidad de miembro del programa audiovisual estudiantil, puede haber tenido una llave de la escuela. Quizás una estrategia preventiva sería registrar todos los vehículos del estacionamiento, pero eso, dice DeAngelis, “simplemente no es factible”. DeAngelis le pasa la responsabilidad a los estudiantes. “Ellos deberían informar de cualquier amenaza, por nimia que sea. Deben decírselo a los adultos y luego es nuestro trabajo investigarlas”. ¿Cómo pudieron ignorarse signos tan evidentes como las páginas de Harris en la Web, o sus violentas historias y videos? DeAngelis no tiene respuesta. Los estudiantes, por su parte, respondieron con cruces: cuatro rosadas para las chicas, nueve azules para los chicos y dos cruces negras, aparte, para los asesinos.

Informes de Julie Grace, S.C. Gwynne, Maureen Harrington, David S. Jackson, Jeffrey Shapiro y Richard Woodbury/Littleton

Etica, medios y periodistas

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Un reportero cubre una “asignación especial”.

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Videojuegos; una influencia a debate

Por Luis Alpízar @LouAlpizar / UVM Coyoacán

Niño y videojuego

Los padres de familia refieren aspectos
positivos y negativos de los videojuegos.
Foto tomada de internet.

Los videojuegos son una forma de entretenimiento y hasta un estilo de vida para chicos y grandes; ofrecen una amplia gama de temas y diversión para todos, sin embargo, también son una actividad condenada por los padres de familia. ¿Es culpa de los videojuegos o de los padres?

Diego, con 10 años de edad, es un niño promedio que tiene más acceso a la tecnología que la mayoría de las personas adultas. Sus padres le han comprado celular, iPad y consolas de videojuegos, se le puede considerar un maestro en el uso de cualquiera de estos dispositivos.

La mayoría de las tardes de Diego transcurren en una cacería de criaturas extraterrestres en el título Halo, o bien eliminando a los dioses griegos en God of War.

También fanático de los videojuegos, el padre de Diego no ve con malos ojos esta persistencia, incluso, a veces, hasta convive con su hijo en un mismo juego, ya sea como aliado o compitiendo con él.

“Los videojuegos despiertan habilidades nuevas y afinan las herramientas que Diego tiene a su alcance para solucionar los problemas”, considera el padre de Diego.

Padrehijo

Algunos padres comparten el gusto por los juegos de video,
por lo general los critican.
Foto tomada de internet.

Nativo digital, como se les designa a las nuevas generaciones, Diego se relaciona mejor con niños de su edad cuando tiene en común el uso de dispositivos tecnológicos.

El uso de tecnologías ha permeado su desarrollo: su nivel de inglés es bastante considerable, y sigue en aumento, y a su corta edad, a veces, se expresa como un adulto.

En contraste con los avances, la madre de este menor trata de inculcarle mayor convivencia personal y actividades más tradicionales para evitar que su hijo se retraiga día y noche en los videojuegos. Ella asegura que el abuso de los mismos no solo es nocivo para la salud, como en afectaciones a la vista, también puede mermar otras habilidades y sus intereses como el no querer desarrollarse socialmente. Opina que no le complacen los grados de violencia que tienen varios de los títulos a los que está expuesto su hijo.

La persona más cercana a Diego es su hermana, una pequeña niña menor que él que, aunque también maneja la tecnología, hasta el momento prefiere jugar con muñecas y correr por el patio de su casa. Ella despierta el interés de Diego por los juegos no electrónicos, sin embargo el gusto no le dura mucho a Diego, pues tarde o temprano regresa a los videojuegos, incluso con su hermana.

“Aunque tenga una fuerte inclinación por los juegos de video, Diego recibe toda nuestra atención y creo que eso le ha ayudado a no perderse en ellos. Diego es un buen niño y jamás ha habido rastro de malicia en él. Mientras sepa que cuenta con el apoyo y el cariño de sus padres, nada va a salir mal”, explica su madre, maestra en pedagogía egresada de la UNAM, quien sabe de la violencia a la que están expuestos los menores como en el video que se muestra a continuación.

Diego tiene muchas historias que contar, su imaginación es muy activa y su carácter alegre lo hace accesible para hablar con gente nueva, aunque no siempre muestra ganas de hacerlo.

Otro elemento adicional a las horas de exposición a los videojuegos es la clasificación de los mismos. Diego, como otros menores de su edad, posee títulos clasificación “M” (Mature), para mayores de edad, que cuentan con alto contenido de violencia gráfica. Su madre reconoce que es posible que un día se manifieste algún efecto o la influencia de dicha violencia en la personalidad de su hijo y que por ello buscará estar al pendiente de su desarrollo.

También sabe que debido a las horas de exposición a los juegos electrónicos las cifras de niños y jóvenes que son adictos a los videojuegos van en aumento, cada vez a más temprana edad.

El debate  respecto a las adicciones a los videojuegos es global.

A pesar de las afectaciones, el uso de videojuegos también incluye aspectos positivos. La American Optometric Association ha revelado que los videojuegos en 3-D son seguros y benéficos para los pequeños, a través de un comunicado, en agosto de 2013, la asociación informó que los efectos en 3-D en películas, televisiones o videojuegos podrían ser benéficos. El documento consigna que los efectos 3-D ayudan a detectar problemas de visión en los menores.

A pesar de los efectos positivos, muchos padres de familia se centran en lo negativo y consideran que los videojuegos promueven la violencia y las conductas agresivas, pues advierten que se presentan casos en que los usuarios, los menores, no saben distinguir entre un entretenimiento saludable y uno no saludable, entre un uso razonable y una adicción. En muchos casos, se acusa que los videojuegos propician desatención de los infantes a los temas familiares y que les generan problemas para establecer amistades en la escuela.

Adolescenteimagen

Algunos adolescentes encuentran un refugio en los videojuegos.
Foto tomada de http://www.vidaysalud.com/

En algunos menores de edad, los videojuegos se llegan a convertir en un refugio, en un modo de aislamiento. Es el caso de Ricardo, un menor de 12 años; gran parte de su tiempo en primaria sufrió bullying, acoso escolar, por parte de sus compañeros de escuela. Relata que sus padres no le dieron la atención que buscaba y que encontró un lugar seguro en los videojuegos.

Ricardo sale a las tres de la tarde de la escuela, camina a su casa con un único pensamiento: terminar la campaña que esté jugando del nuevo Call of Duty, así buscará olvidarse de lo sucedido en el día. Al preguntarle por las horas de clase, contesta que no aprende nada en el instituto. Ricardo se muestra desinteresado por jugar con otras personas y sus expresiones señalan incomodidad ante la gente que lo rodea.

“Todo el día está metido ahí, no le hace caso a nadie. No se puede hablar con ese niño”, declara su madre. Ella no sabe acerca de la temática de los videojuegos a los que está expuesto su hijo y, lo peor, señala que no le interesa saber.

Para la madre de un adolescente como Ricardo, todos los juegos son malignos y son una pésima influencia para su hijo. La consola de Ricardo es, para su madre, la culpable de las múltiples peleas en las que se ha visto involucrado el infante en la escuela. Ricardo declara contundentemente que su madre exagera y se muestra renuente a charlar; sólo quiere que le dejen jugar en paz, de manera rutinaria

A pesar de que existen organizaciones internacionales dedicadas al control y regulación de la distribución de los videojuegos, en México no existen leyes que prohíban la venta de videojuegos con contenido “Maduro” a menores de edad, y aunque los empaques advierten la edad, en los hechos es una medida que no establece un control seguro.

En diciembre de 2012, el senador Carlos Puente Salas del Partido Verde Ecologista (PVE), lanzó una iniciativa conocida como la Ley Federal de Clasificación de los Videojuegos, con motivo de regular este contenido en pro de los menores de edad; sin embargo, la ley fue rechazada gracias a la polémica que generó entre los jugadores, pues según la redacción del documento se crearía un órgano regulador que podría censurar, retrasar e incluso prohibir los títulos en el país.

Es un hecho, que como Ricardo y Diego, las cifras de las nuevas generaciones allegadas a la tecnología van en aumento. Si bien, los videojuegos son un tabú en muchas familias, lo principal es generar una sana convivencia, comunicación e información.

La madre de Diego trata de que su mensaje sea escuchado: “Los videojuegos sí son una fuerte influencia para los niños hoy en día. Sin embargo, esto es motivo para que hoy, más que nunca, acatemos nuestra responsabilidad de ser nosotros lo más importante.

“No habrá forma de saber todo lo que pase por la mente del niño si no se mantiene una estrecha comunicación con él y no sabrá qué hacer con la información con la que se le bombardea si los padres no estamos ahí para guiarlo. Los videojuegos no son malos, pero son una herramienta que debemos enseñarles a usar con mesura”.

Delincuencia al mando en el DF

Por Jasser Sánchez/ UVM Coyoacán.

La inseguridad en calles del Distrito Federal ya no es algo relevante, el gobierno de la ciudad no tiene el control sobre el territorio a su mando; el crimen organizado, quienes se dedican a la trata de blancas, los secuestros exprés, la venta ilegal de armas, el narcomenudeo, los asaltos, etcétera, son quienes tienen el poder en la ciudad. En contraste con el crimen organizado, los cuerpos de seguridad del gobierno son insuficientes, sin una preparación ni capacitación, sin estar en forma física, en resumen, un gobierno desorganizado.

Recorrer la capital del país, por cualquiera de las 16 delegaciones, refleja, en cualquier calle, avenida, esquina o un punto de reunión, que el crimen domina. Aunque las demarcaciones con mayores índices de crimen son Venustiano Carranza, Benito Juárez, Cuauhtémoc, Iztapalapa, Iztacalco o Álvaro Obregón, en cualquiera se presenta la pérdida de autoridad.

Un claro ejemplo es la calle Chilenos, en la delegación Álvaro Obregón, lugar donde predomina la inseguridad y la venta de drogas.

VistaGoogleCalle

Street view de Google, calle Chilenos.

Delegación donde la delincuencia es histórica, la Álvaro Obregón y sus pobladores son testigos del empoderamiento de la delincuencia por más de 40 años. La colonia Mártires de Tacubaya, por ejemplo, en la década de los setenta, se dio a conocer por ser la guarida de la banda Los Panchitos.

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Ubicación de la delegación Álvaro Obregón.

Lugares como Hornos, Jalalpa, la Chicago, La curva, Araña, el Queso, Colinas, la Principal, Las paralelas son colonias famosas por su índice delictivo.

Algunos vecinos de la Mártires recuerdan que existía una especie de toque de queda, pues a cierta hora Los Panchitos recorrían sus zonas de actividad. Hubo una etapa en que la delincuencia bajó, pero hoy en día se ha recrudecido.

“Estuvo bastante pasivo hasta apenas unos cinco años; ahora  esa tranquilidad y paz terminó”, detalla un vecino de la zona y taxista de la colonia Mártires de Tacubaya.

“Recuerdo cuando los hijos de los vecinos salían a jugar muy tranquilos y se adueñaban de la calle, el único problema que había eran los carros que pasaban. Había borrachitos en la esquina, pero no eran malas personas, ellos mismos te cuidaban y te saludaban cuando tu pasabas”, recuerda el taxista.

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Colonia Mártires de Tacubaya-

Hoy en día no se puede jugar en la calle, ni permanecer en ella.

“Los jóvenes de antes, recuerdo que se les veía en la calle practicando algún deporte, ya sea futbol o voleibol, pero estaban divirtiéndose sanamente; ahora ya uno los ve en la calle o moneándose; eso ya no es correcto. Antes los viciosos se ocultaban para poder consumir, ahora ya no hay vergüenza lo hacen a plena luz del día, donde sea y enfrente de quien sea”, explica.

El taxista menciona que incluso a los lugareños los asaltan.

“La última vez que salí, que traje un pasaje aquí por mi calle, me terminaron asaltando; gracias a Dios no me lastimaron, me quitaron las llaves, me amenazaron”, señala.

 

Un microcosmos

La calle Chilenos, ejemplo del avance de la delincuencia, se divide en dos partes, la primera parte va de Camino Real a Toluca y termina en Avenida Mexicanos. La segunda, comienza en Mexicanos y termina en un callejón con escalones para llegar a la Antigua vía a la venta.

Según los vecinos de la segunda parte de Chilenos, en el lugar llega gente que no vive en la zona y que no se les puede identificar con facilidad.

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Una de las entradas a Tacubaya, en el Distrito Federal.

La señora doña C., que por seguridad omite su nombre, declara ser testigo de la actividad ilícita en casa de uno de sus vecinos.

“Lo triste del caso es que la mayoría de los que habitamos en la calle sabemos que el vecino del 54 vende droga. Se le apoda El Marra. Su familia también lo sabe y no le dicen nada. Los vecinos de su lado izquierdo y derecho tampoco le dicen absolutamente nada, al contrario, ahora se reúnen todas las noches y ahí mismo hacen su desastre. Es ya algo tan habitual”, detalla doña C.

La señora también denuncia que la calle ha servido a asaltantes de taxistas.

“Hubo una temporada bastante fea, cuando en un solo día asaltaban a los taxis unas dos o tres veces al día, y eso es una realidad. Sólo podíamos escuchar los forcejeos que tenían los conductores con estas personas. Pero nadie hacía nada, ni se llamaba a las autoridades”, comenta.

Los vecinos de la segunda parte de Chilenos deben sortear a quienes llegan a comprar sus dosis de droga. O incluso esquivar a quienes llegan y la consumen ahí mismo o en la esquina de Antigua.

Según vecinos lo que El Marra vende es Marihuana, no saben con exactitud si distribuye otra sustancia ilegal. Varios testigos confirman que no han tenido la iniciativa de denunciarlo por temor.

El oficial en turno O.C., uno de los guardias nocturnos que vigilan y patrullan la zona, reconoce que la autoridad tiene el reporte, pero no se ha solucionado el problema.

“Desde el atentado del custodio en la esquina de la calle Chilenos se nos ha pedido que reforcemos la seguridad. Se mandó a poner el alumbrado y la cámara de seguridad en medio de la base de los ruta 80″, explica, “en la zona hemos tenido reportes de asaltos y de jóvenes y personas faltando a la moral al estar consumiendo drogas en vía pública, es importante recuperar la seguridad de esta y otras colonias”.

El uniformado pasa casi todas las noches en diferentes unidades, ya sea en patrulla, camioneta, moto o, incluso de guardia en la esquina. Reconoce que en este año se reportaron más llamadas y alertas de seguridad por actos vandálicos y robos que años anteriores.

“Los eventos con mayor impacto en la colonia fue el asesinato del custodio en la esquina de la segunda calle Chilenos, el descarado asalto a plena luz del día de unos jóvenes a una señora y los reportes de jóvenes faltando a la moral”, comenta el oficial, quien cubre su turno nocturno como guardia en los escalones del camellón cada martes.

Algunos vecinos piensan en organizarse y mejorar la situación, pero saben que pueden terminar muertos. Hacen énfasis en que más se arriesgan en detener a un delincuente o comerciante de drogas que en que llegue uno nuevo, al final, en esa zona la delincuencia es histórica.

“Esto tiene que acabar, no podemos tolerar esto ni dejar que ellos tomen el mando de la calle. Sabemos que no vamos a lograr que la seguridad regrese como en los años noventa y principios del dos mil. Debemos tener el valor civil, pero si uno, como persona no lo tiene, la inseguridad y el crimen nos lleva un paso de ventaja”, lamenta doña C.

Cine y iPad; experiencia de segunda pantalla

Ir al cine con iPad, una nueva apuesta de estudios Disney.

El 7 de septiembre Disney lanzó la app “Second Screen Live: The Little Mermaid”, con la cual los pequeños cinéfilos pueden ver la película La Sirenita (1989) en una experiencia de “segunda pantalla”

No es ésta la primera película con aplicación relanzada por la Disney, pues previamente ya se hizo con El Rey León, Tron, Bambi, La Dama y el Bagabundo, entre otras.

Con esta app y con sólo apuntar la cámara del iPad a la pantalla del cine la experiencia se convierte en interactiva.

La estrategia de “segunda pantalla” (second screen) permite al espectador interactuar con otros asistentes, descargar juegos, ver gráficos, cantar canciones de la película que se aprecia, además de modificar los personajes animados.

Hasta el momento este recurso tecnológico se ha usado en juegos de video, programas de televisión o películas, pero es muy posible que próximamente se vea de manera cotidiana en anuncios y programas como guías de aprendizaje.

Programas interactivos

La experiencia de segunda pantalla hace realidad los programas interactivos

Por Octavio Ortega/ Administrador.

Vídeo

La voz de “Se compran: la-vaaa-do-ras, re-fri-ge-ra-dooo-res…”

Todos la hemos escuchado. Cristina Pacheco y el programa “Aquí nos tocó vivir” llegaron a la historia. Sólo nos queda remitirlos al video.

‘¿Gusta cooperar, Chato?’

Con 26 años y tres hijos que mantener, José se gana la vida en los semáforos de la Ciudad de México personificando al llamado “Gran Mimo de México”.

Apenas dos minutos dura su actuación, su parlamento es escueto y sencillo. Sabe que el perfomance debe ser efectivo: provocar una sonrisa y obtener unas monedas.

“¿Gusta cooperar, Chato?, ¿no coopera?, pus, ahí está el detalle. Bueno, pus ai pa’ la próxima”. Es el estribillo que José repite desde hace dos años al bajarse de las banquetas y hacerla de “El Barrendero” varias horas al día, las necesarias para sacar para sus gastos.

Además de bailar, contonear la cadera y mover la escoba, José arquea las cejas, hace muecas, entona la voz, es decir, le Cantinflea.

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José trabaja en las calles del Distrito Federal imitando a Cantinflas;
también lo hace en presentaciones. Fotos. Octavio Ortega.

El oficio de José resultó de la casualidad, si bien su aspecto físico le ayudó, fue algo no planeado, pues se originó cuando empezaba a trabajar de payaso y faltó el que le hacía de Cantinflas y él le entró al quite.

“Pues no llegó el imitador. Yo tenía el bigote entero y pues a mí, desde los 14 años, me decían Cantinflas porque me empezaba a salir el bigote. Entonces yo me enojaba, incluso hasta me peleaba. Pero luego me metí en esto de payaso y ya surgió el personaje. Pues ese cuate faltó. Y ya estaba la bronca. Cuando me corté el bigote, me decía el dueño de la Agencia: ‘No manches tú sí te pareces un chingo, sin maquillaje, sin nada’”, relata.

Overol naranja de barrendero, paliacate rojo atado al cuello, escoba hecha con varas, un sombrero y unos guantes colgados en la bolsa trasera del pantalón componen su indumentaria.

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Si se le desea contratar, se puede buscar
a José en el teléfono 21472692 de la Ciudad de México.

Su zona de trabajo es Iztapalapa, Benito Juárez y Coyoacán, la primera delegación es su lugar de origen, en concreto la zona de Santa Martha.

Imitando se le pasan los días, ya sea en los semáforos o en contrataciones; así lleva dos años sacándole jugo a su físico y dotes de imitador urbano.

“Voy a hacer dos años… la gente dice que me parezco. Luego, luego la gente me ve y dice que soy Cantinflas…

“Yo ya no puedo dejarlo. Cuando ya termino de trabajar y todo, pues me quito esto (el traje) y pues me pongo el tapabocas porque a veces la gente se me queda viendo, me toman fotos o incluso hasta burlas, pues no saben que estoy personificado”, explica.

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“El Circo de Cantinflas” y “El Barrendero” son las películas
favoritas de este imitador urbano.

La meta de José es preparase más, trabajar más su personificación y posiblemente entrarle a un concurso de la televisión.

Sabe que pronto saldrá una película de Cantinflas en la que el actor español Óscar Jaenada le da vida al mimo mexicano. Se le pregunta si le gustaría personificar a Cantinflas en una película, contesta que le gustaría pero reconoce que no tiene preparación de actor. Sin jactarse, sólo ríe y bromea que él se parece mucho.

Piensa trabajar en la esquina de División del Norte esquina con Eje 5 Sur-Eugenia los domingos y seguirle haciendo de Cantinflas, algo que, reflexiona, antes le molestaba, pero ahora le da de comer.

Por: @Octavous

Violencia; vigente pero ‘olvidada’

Por Sandra Hernández García, @sandra_hndez / Escuela de Periodismo Carlos Septién García.

Desde que Enrique Peña Nieto tomó el poder como presidente de México el tema de la inseguridad ha pasado a un segundo plano, ya no es el asunto primordial del gobierno como lo fue en la pasada administración de Felipe Calderón.

Los medios de comunicación, tanto escritos como audiovisuales, le han restado importancia al tema. El discurso sobre la violencia ha cambiado, lo que ha provocado una falsa percepción de seguridad.

Baja, pero sigue roja

Los diferentes conteos de muertos por el crimen organizado aparecen por todas partes, aunque nadie tiene certeza de cuántos homicidios dejó la guerra contra el narcotráfico del ex presidente Felipe Calderón, ni siquiera el actual gobierno de Enrique Peña; el 16 de febrero de 2013, el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, informó que se tiene el registro preliminar de 70 mil muertos en el anterior sexenio.

“No hemos podido llegar a más porque no se cuenta con información, no tenemos un dato que nos permita decir ‘este es el oficial’. Al final del pasado gobierno se dejó de llevar una contabilidad oficial, ello no nos permite hablar (de estadísticas) como lo hubiéramos querido hacer”, declaró en conferencia de prensa.

Sin embargo, el gobierno de Peña Nieto no ha dejado de informar sobre la violencia de los últimos seis años. Cifras que mensualmente da a conocer la Secretaría de Gobernación reflejan una reducción en el número de muertos con respecto a la pasada administración.

Epn discruso oficial

El gobierno de Enrique Peña Nieto modifica el discurso sobre la violencia desde el inicio de su administración. Foto. Presidencia.

De acuerdo con cuatro boletines de prensa, la Secretaría de Gobernación (Segob) informó que de enero a abril de este año se han registrado 4 mil 166 homicidios dolosos, un promedio mensual de mil 41, cifra menor en comparación con la registrada en la pasada administración donde la media mensual se situó en mil 298.

A pesar de esta “mejora”, el promedio de asesinatos sigue arriba con respecto a finales de 2011, periodo en el que se suscitaron en promedio 50 homicidios dolosos al día (unos mil 500 en promedio).

Conforme al documento elaborado por la Segob, titulado “Incidencia Delictiva Tasas por cada Cien Mil Habitantes”, la tasa nacional de homicidios aumentó a 0.44 por ciento de enero a abril de 2013 en comparación con la tasa nacional de 0.37 por ciento en 2012.

Seguridad Segob

La Segob realiza reuniones
de seguridad por zonas del país.

Nueva cobertura

Parado frente a un puesto de periódicos en la avenida Ermita, el señor Gustavo González Domínguez, de 63 años de edad, mira los ejemplares del día y afirma: “Tiro por viaje te encontrabas puras notas del narco; que si el descabezado, que si las narcofosas. Ahorita pues ya no es tanto, ¿no?”, refiere.

González Domínguez acude todas las mañanas al puesto de periódicos y asegura que las notas relacionadas con la violencia han disminuido recientemente.

“Ya es raro encontrarse notas violentas, dos a la semana o menos. Pero la violencia ahí sigue, sólo que no les gusta decir la verdad”, afirma.

Una nueva política gubernamental impulsada por el presidente Peña Nieto ha influido para que la información sobre la violencia ligada al crimen organizado no sea la principal. De acuerdo con el Séptimo Informe del Observatorio de los Procesos de Comunicación Pública de la Violencia la mayoría de los medios de comunicación de la Ciudad de México “disminuyeron notoriamente la cobertura informativa de la violencia asociada con el crimen organizado en sus principales espacios”.

Según el reporte, las palabras “asesinato”, “narcotráfico”, “cártel” y “crimen organizado” disminuyeron de 50 a 54 por ciento en las notas principales en los medios impresos del Distrito Federal. Asimismo el vocablo “violencia” se dejó de utilizar un 34.4 por ciento.

En noticiarios de televisión abierta la mención de la palabra “asesinatos” se redujo un 15 por ciento; “homicidios”, un 22.3 por ciento; “ejecuciones”, un 26.6 por ciento; “la frase ‘crimen organizado’ dejó de utilizarse en más de dos terceras partes, el 70.2%. La palabra ‘narcotráfico’ dejó de usarse un 44.2% y ‘cártel’ un 62.4%”, cita el informe.

Andrea López, periodista que labora como analista de medios en Intermedia México, afirma que la violencia era uno de los temas más importantes de las revistas de política, “ahora he visto alguna que otra mención al respecto, pero nada más”.

Tanto las estadísticas como las opiniones de periodistas y/o analistas coinciden en que ha habido una reducción en la cobertura informativa de la violencia, sin embargo dos medios impresos que han llevado un conteo de los homicidios relacionados al narcotráfico desde el sexenio anterior mantienen sus registros.

Tanto Milenio como Reforma informan continuamente sobre el número de muertes en el país. Mientras que Milenio suma 47 mil 929 homicidios en el sexenio de Felipe Calderón, el Ejecutómetro de Reforma sitúa su cifra en 47 mil 268 en el mismo periodo, sin embargo ambos números no coinciden con el saldo preliminar de 70 mil muertos que dio a conocer Osorio Chong en febrero pasado.

Para la periodista Juliana Fregoso “la cobertura sobre el crimen organizado se ha visto desviada y desplazada por otros sucesos”. Coincide en que el énfasis en la reforma política, la promoción del turismo, los asuntos electorales, el Pacto por México y las reformas educativa, energética y de telecomunicaciones han ocupado los espacios principales de los medios.

Otro aspecto es que a partir del 1 de diciembre de 2012, la Policía Federal, el Ejército y la Marina dejaron de exhibir personas detenidas ante los medios.

“Antes se detenía a un narcotraficante de medio pelo y se presentaba inmediatamente en los medios de comunicación, eso ya no va a pasar. El gobierno sí ha hecho un esfuerzo por tener una estrategia distinta de comunicación”, aseguró el reportero Mario Padilla.

En consonancia con esta estrategia, en enero pasado, el presidente Peña Nieto pidió al cuerpo diplomático hablar bien de México para que “mediante su testimonio se reposicione a México como la gran nación que es”.

A pesar del nuevo tratamiento, la violencia se mantiene, lo que ha creado una “falsa percepción” de seguridad, según el Observatorio de los Procesos de Comunicación. El organismo recomienda a los medios “dar seguimiento periodístico a los temas relacionados con el objetivo de garantizar el derecho a acceso a la justicia de las víctimas de la violencia…”.

El primer paso del gobierno fue cambiar el tratamiento, el pendiente es hacer que la violencia en el país descienda en los hechos.

Un día en Coyoacán (fotorreportaje)

Por Álvaro Peña/ UNAM/ Twitter @AlvarockBarker / Flickr http://www.flickr.com/photos/alvarockbarker/

Si bien es cierto que Coyoacán ofrece un sinnúmero de opciones de entretenimiento a toda aquella persona que  visita este mágico lugar, desde una rica taza de café o un delicioso helado en compañía de la pareja o la familia, pero es más que eso; es un lugar lleno de historia, en donde basta caminar por sus calles empedradas para  poder admirar algunas de las casas que dieron alojo a personas de talla nacional.

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Fotos: Álvaro Peña.

Tal es el caso del Museo de Frida Kahlo, también llamada “Casa Azul”, en donde vivieron Diego Rivera y Frida Kahlo, máximos exponentes de la cultura mexicana.
Coyoacán

Kiosco coyoacanense. Foto: Álvaro Peña.

También se pueden encontrar varios jardines que adornan el centro de Coyoacán. Uno de ellos es el Jardín Hidalgo, en donde resalta un hermoso kiosco y en cuya cúpula se puede observar un águila republicana de bronce, la cual anteriormente era de oro y fue un regalo de Don Porfirio Díaz para celebrar el centenario de la Independencia.
San Juan Bautista
A un costado de este jardín se encuentra la Parroquia de San Juan Bautista, cuya construcción data desde 1528 siendo una de las primeras edificaciones tras la conquista española.
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Saliendo de la parroquia se encuentra la cruz atrial, un espacio que sirvió como cementerio, en el que las personas enterradas más cerca de la iglesia eran las que poseían mayores riquezas.
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La Casa Municipal, también conocida como la Casa de Cortés, es un lugar en donde se pueden encontrar artesanías, talleres y obras de teatro al aire libre, además, es un lugar fascinante ya que en realidad Hernán Cortés jamás vivió ahí, se construyó 100 años después de su muerte pero los terrenos sí eran de su propiedad.
Si se continúa el  recorrido, se llega al jardín del Centenario, extensión del atrio parroquial, llamado así en conmemoración del primer centenario de la consumación de la Independencia.
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En este jardín se hace presente una hermosa fuente con el emblema de Coyoacán: los tradicionales coyotes. Figura que hace honor a la palabra Coyoacán, que  proviene del náhuatl y que significa “Lugar de coyotes”.
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Al final del jardín, se pueden apreciar los famosos Arcos. Estructura que fuera utilizada como entrada principal al atrio de la Parroquia de San Juan Bautista. Se cuenta  que en alguna ocasión de ebriedad, Victoriano Huerta chocó frente a una de las bardas de esta entrada y, ya como presidente, mandó a destruirlas, es por ello que hoy no queda más que esta arcada como rastro de lo que fue alguna vez.
Publicado originalmente en el blog: http://diariohomonimo.blogspot.mx/